Arxivar per Juliol de 2018

Envejecimiento desde una perspectiva psicosocial: la promoción del envejecimiento activo

Lo deseable sería envejecer con las mejores condiciones posibles, sin historia clínica previa significativa, en ausencia de factores de riesgo importantes, con un mínimo desgaste fisiológico y con una buena carga genética. Cuando esto ocurre se habla de envejecimiento eugèrico, o en terminología inglesa de «successful aging» (envejecer con éxito). Sería un proceso donde las enfermedades se agrupan en un momento final -y corto- de la vida y la edad de la muerte se aproximaría a lo que se conoce como “esperanza de vida máxima”, que en el caso de los humanos hoy se sitúa alrededor de los 120 años.

La expresión “envejecimiento exitoso”, inicialmente propuesto por Havighurts en 1961 es un concepto holístico de carácter operativo que se refiere a una forma de envejecimiento que ha tenido una gran difusión y aceptación. Ha recibido varias etiquetas, entre ellas “envejecimiento saludable”, “envejecimiento exitoso”, “competente”, “productivo”, “óptimo” o “activo”. Si bien existen diferencias de matiz en el significado de estos términos, todas ellas, hacen referencia, en mayor o menor grado, a la concepción del envejecimiento como “el proceso de optimización de oportunidades para la salud, la participación y la seguridad con el fin de potenciar la calidad de vida de las personas a medida que se hacen mayores “(WHO, 2002).

Uno de los puntos centrales de la perspectiva del envejecimiento activo es la identificación de aquellos factores y condiciones que ayudan a comprender dicho potencial existente en el envejecimiento y en identificar las maneras de modificar su naturaleza. Por este motivo, conocer qué condiciones y determinantes conllevan la aparición o no aparición de enfermedades y discapacidades es una de las bases para poder establecer políticas de promoción del envejecimiento activo.

Existen diferentes modelos de clasificación de los determinantes del envejecimiento saludable. Entre los determinantes transversales considerados está la cultura y el género que explican en gran parte la forma en que una sociedad considera a las personas mayores y el proceso de envejecimiento. Los determinantes contextuales son el acceso a los servicios sociales, el entorno físico y social y los determinantes económicos. Los determinantes personales y conductuales son los relacionados con los hábitos que predisponen a la enfermedad como el consumo de tabaco y alcohol, la falta de actividad física, dieta inapropiada, falta de salud bucodental, el incumplimiento terapéutico y vivir en un estado de estrés permanente.

Los resultados intermedios de salud son cambios producidos en los determinantes de la salud, especialmente cambios en los estilos de vida y en las condiciones de vida, que son atribuibles a una intervención o intervenciones planificadas, incluyendo la promoción de la salud, la prevención de la enfermedad y la atención primaria de salud.

Los estilos de vida individuales, caracterizados por patrones de comportamiento identificables, pueden ejercer un efecto profundo en la salud de un individuo y en la de otros. Si la salud debe mejorar permitiendo a los individuos cambiar sus estilos de vida, la acción debe ir dirigida no sólo al individuo, sino también a las condiciones sociales de vida que interactúan para producir y mantener estos patrones de comportamiento. Sin embargo, es importante reconocer que no existe un estilo de vida “óptimo” al que puedan adscribirse todas las personas. La cultura, los ingresos, la estructura familiar, la edad, la capacidad física, el entorno doméstico y laboral, harán más atractivas, factibles y adecuadas determinadas formas y condiciones de vida y salud. Incidir sobre los factores contextuales debería ser competencia y responsabilidad de las administraciones, mientras que la modificación los factores personales, de naturaleza psicosocial, es responsabilidad de cada persona y de los diversos profesionales que le rodean.

Así pues, las actuaciones de promoción del envejecimiento saludable deben ser colocados en cuatro grandes direcciones (WHO, 2002):

1.- Promoción de hábitos saludables, en relación a la nutrición, el ejercicio físico, el consumo de tóxicos y el uso responsable de medicamentos.

2.- Compensación y optimización del funcionamiento cognitivo.

3.- Mejora de la dimensión afectiva-emocional, la capacidad de afrontamiento, de control y pensamiento positivo.

4.- Promoción de la participación social y el enriquecimiento de las relaciones psicosociales.

La adopción de estilos de vida saludables y la participación activa en el propio cuidado, son importantes a lo largo de todo el ciclo vital del sujeto, aunque sin duda tienen una importancia clave a partir de la edad madura. Uno de los mitos del envejecimiento es pensar que es demasiado tarde para adoptar nuevos hábitos de vida saludable, cuando de hecho sucede al contrario. Implicarse en actividades físicas, evitar el alcohol y el tabaco, y hacer un uso racional de los medicamentos contribuye a prevenir las enfermedades, relentí la bajada del funcionamiento y aumentar la calidad de vida de la persona.

Otro modelo de envejecimiento que rompe con la visión tradicional de envejecimiento es el propuesto por Rowe y Khan. Se apoya en una importante base empírica de estudios longitudinales de la McArthur Foundation y propone cuatro grupos de factores: baja probabilidad de tener enfermedades y discapacidades asociadas, buen funcionamiento cognitivo, buen funcionamiento físico y compromiso con la vida. Ambos modelos operacionales (el de la OMS desde una perspectiva poblacional y el de Rowe desde una vertiente individual) coinciden en la importancia de las condiciones de salud y condiciones sociales.

En definitiva, cualquier programa de envejecimiento activo deberá involucrarse en la prevención de la enfermedad y la discapacidad asociada, optimizar el funcionamiento físico y el psicológico, especialmente cognitivo, y maximizar el compromiso con la vida, que implica participación social.

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